viernes, 10 de junio de 2011

SIN TÍTULO

Justo ahora que iba a verte se le ocurre al chofer salirse de la carretera. Venía yo leyendo. Ya había amanecido y faltaban como dos horas para llegar a verte y abrazarte y decirte todo lo que te había escrito. Y que se le ocurre al chofer quedarse dormido. Nomás de gratis. Porque ninguno de los que íbamos salimos caminando de ese tajo de camión que quedó todo chatarra. Y me pesa porque justo cuando el chofer estaba roncando iba yo pensando en que te iba a ver y además iba yo leyendo muy tranquilo después de haber dormido toda la noche. Después de haber soñado tanto con el gusto de verte y darte muchos besos. Ya había pensado a dónde íbamos a ir a desayunar. Hasta me estaba saboreando esos tamalitos de chipilín con camarón. Ya me estaba saboreando tu aliento después de haber desayunado. Y me estaba saboreando el cafecito allí en el parque de la marimba. Tú con tus ojos bien abiertos atenta a las tonterías que yo un día antes había planeado para quedar bien contigo.
Pero pues se quedó dormido el chofer y ni oportunidad de mandarte un mensajito tuve. Cuando me desperté no me dolía nada. Nada más veía como me escurría la sangre de entre mi playera. Después como que quise pararme pero no pude. Me quedé flotando por encima de los otros que seguían bien dormidos pero todos llenos de sangre. Creo que fui el primero en verlos bien dormiditos todos encimados. Con las maletas abiertas como si se las hubieran echado a puños en la cabeza. Todos estaban con caras de preocupación porque no estaban acostados así como para dormir. Sino que unos tenían los brazos hacia atrás como esos contorsionistas que andan en los circos. Otros de plano ni manos ni pies tenían. Pero eso sí, estaban todos bien dormiditos. Pienso que les molestaban los chorros de sangre que les salían a muchos de ellos de la cabeza. Después me quise salir del camión y no cabía por ningún lado porque las ventanas se habían hecho pequeñitas. A penas y entraban unos rayitos de luz. Me quise salir para explicarte que no iba a llegar a la hora que habíamos quedado porque el condenado chofer se había quedado dormido.

Buen rato estuve disque caminado porque yo me veía flotar por entre el poco espacio que había en el camión. Hasta que me cansé y de plano me acosté. Me quedé dormido y volví a soñar contigo. Con las ganas que tenía de llegar a la central. Verte a lo lejos para después abrazarte. Levantarte hasta mi boca y darte un bezote. Con qué ganas me quedé de besarte. Tan poquito que nos habíamos besado y tú que me habías dicho que te morías por un beso mío.

Nos fueron sacando poco a poco. Lo platico porque me acuerdo bien cuando sacaron a la señora que se quedó bien abrazada de su hijito. Ni así bien dormida lo soltó. Los camilleros los querían despegar y ella bien dormida parecía que hacía un esfuerzo enorme por no soltar a su hijito. A mí me dio mucha pena porque por más que les hablaba, gritaba y me movía frente a los socorristas, no me hacían caso. Yo les quería explicar que el chofer se había quedado dormido y que ni tiempo de darnos los buenos días tuvimos. Pero nadie me escuchaba por más esfuerzo que hacía enfrente de ellos y les gritaba en su carota y nadie me pelaba. Después vi como me sacaron en una camilla. Yo quería ver el paisaje que desde la mañana venía viendo. Estaba bien verde porque toda la noche había llovido. Estaba bien iluminado porque el sol estaba saliendo. Se oían los cantos de muchos pájaros. Ya ni siquiera podía distinguir qué pájaro cantaba. Me acuerdo que dejé de leer un poquito porque quería ver la presa. Esa presa que a veces parecía como un mar. Quería sentir el gusto de estar pasando por encima de tanta agua. Y por eso ya había corrido la cortinita del camión para ver tanta agua. Me imaginaba la cantidad de pescados que estaban nadando. Me imaginaba si yo estuviera debajo de tanta agua cuanto pesaría todo eso. Me estaba imaginando cómo los cerros se acercan para siempre a beber tanta agua. Me estaba imaginando que te iba a ver morena, sonriente, con ganas de besarte. Con tus dientes bien blancos y tu cara joven de felicidad. Me estaba imaginando cómo iba a poner mis manos en tus anchas caderas y cómo te iba a ver las uñas de tus piecitos bien pintadas de rojo carmín.
Pero pues el chofer se quedó dormido. Y cuando me estaban sacando ya no pude ver nada porque me pusieron una sábana blanca en la cara. Tanto que estuve haciendo el intento para salir de la chatarra de camión y no pude de lo pacho que estaba. Tantas ganas que tenía de respirar ese aire que sólo se encuentra en esos cerros y cerca de esa presa. Pero pues me pusieron esa sábana blanca en mi carota y ya no vi nada. Me subieron a una camioneta pero me sentía tan incómodo porque ahora sí veníamos todos tan juntos que ni respirar podíamos. No veía nada ahora sí. Yo sentía que me habían echado algo o a alguien encima. Pesaba mucho. A lo mejor era ese señor bigotón de sombrero que toda la noche cuando entraban las luces de los carros de enfrente le brillaba el diente de oro. Se quedaba dormido cada rato y de repente se despertaba como si alguien le hubiera insistido para que se despertara inmediatamente. Pero a los pocos minutos se volvía a acomodar y pa’ pronto empezaba a roncar. Yo creo que a este compa es al que me habían echado encima porque de verdad me faltaba el aire y no sentía que entrara a mi cuerpo. Por más que abría la boca no sentía que entrara aire. Empecé a mover la lengua y ya me habían puesto un buen puño de algodón. Ahora si menos podía hablar.

Me volví a quedar dormido pensando en ti. Me desperté porque sentí cómo me jalaban rápidamente y mi cabeza golpeó con la defensa trasera de la camioneta. De por sí que me dolía la cabeza y luego con esos jaloneos y golpes parecía que estaban jalando a un muerto. Después sentí mucho frío. Ya no sentía esa humedad que está allá en los cerros y la presa. Sentí mucho frío y me sentí muy solo. Ya no veía nada hasta que me jalaron pero no a mí sino donde estaba acostado. La luz me dejó medio ciego porque era un foco muy grande el que estaba encima de mí. Nada más alcanzaba a ver unos tapabocas azules, pero eran varios.

Yo tenía mucho frio pero cuando escuché tu voz me entró mucho miedo porque yo quería decirte cuánto te amaba. Cuántas ganas tenía de darte un beso. Me dio más miedo cuando tus lágrimas estaban cayendo en mi cara. Cuando vi de tu cara como salía un grito. Luego me di cuenta de que ya no te iba a poder besar. Que ya no te iba a cargar cuando me vieras llegando en la central de camiones. Me dio miedo tu cara y me dio pena haberme muerto.

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