Para cuando doña Catalina había terminado de clavar aquel letrero de “Se busca sirvienta de planta”, al lado de su tenebrosa puerta, ya estaba formado un nutrido grupo de oscuras, bajas y apenadas señoritas esperando ser entrevistadas.
Todas ellas se caracterizaban por su largo y bien cuidado pelo. De hecho, para muchas de ellas era un gran orgullo menear esa larga cabellera oscura que les llegaba a la mitad del cuerpo.
Muchas de ellas vestían zapatos de hule, lo cual no significaba que estuvieran feos. También era común entre sus ropas los colores claros llamados pasteles, que, sin duda, representaban su humildad y conformismo. Su único objetivo era conseguir el trabajo con doña Catalina.
Doña Catalina era una mujer loca y guapa, pero ya muy transformada por la vejez, que en muchas ocasiones le saltaba horripilante, sobre todo cuando intentaba peinarse, vestirse y maquillarse como si tuviera cualquier otra edad, menos la que en realidad tenía, y que le era tan evidente en sus manos con venas azuladas y cueros colgados hasta en el meñique.
Por las joyas de doña Catalina se interpretaba que sus arcas eran onerosas, pero ni con todo esto ocultaba su extrema y creciente locura.
En la fachada de su antigua casa, después de aquel primer anuncio solicitando “sirvienta de planta”, con el mismo mensaje empezaron a aparecer más y más anuncios. Llegué a contar 33 de ellos enmarcando la puerta principal. Variaban. Los había con colores diferentes. Diversos estilos de letra. Unos en cartulina escritos llanamente a mano y pegados de forma rústica, pero otros mandados a hacer especialmente para el caso en materiales de mica, loseta, grabado en madera, huecograbado, hierro fundido y forjado, incluso había un anuncio neón atrás de su ventana. En todos ellos se pedía insistentemente: “Se busca sirvienta de planta”.
Todos los días doña Catalina salía al balcón de su casa acariciando un gato distinto. Esto durante 15 años representó una gran incógnita entre sus vecinos.
La casa era grande como las demás, pero aún así dónde podía doña Catalina meter tantos gatos, tantos como para acariciar uno diferente en cada mañana durante 5 475 días.
Otra pregunta no contestada entre los vecinos era por qué entrevistaba todos los días a por lo menos tres muchachas que solicitaban el puesto de “Sirvienta de planta”.
Al medio día, después de acariciar a su gato, doña Catalina empezaba su rutina de entrevistas. Sólo una se quedaba con el puesto. Pero, al otro día, los 33 anuncios volvían a atraer a otras tres candidatas. Esto, como lo comenté con anterioridad, sucedió durante 15 años, lapso en el que la vejez y locura de doña Catalina se multiplicó por tres.
El último día que los vecinos vieron a doña Catalina, ésta era un cadáver andante. Sus ojos inyectados y una mezcla de ojeras con párpados caídos enrojecidos, le daban un aspecto fantasmal. Eso sí, sus joyas, peinado y maquillaje siempre fueron estupendos, no así su caminar cuesta arriba y su enorme bola en la espalda. Pero nunca usó bastón.
Los meses pasaron y doña Catalina sólo era recordada como la mujer de las sirvientas y de los gatos.
Nunca más se supo de ella nada.
Los comentarios ahora de los vecinos estaban totalmente concentrados en un nuevo salón de baile, que en un par de meses se convirtió en el centro nocturno más cachondo y excitante de la ciudad. De todas partes llegaban lujosos carros de los que bajaban todo tipo de gañanes y apasionados al baile tropical, cumbiero, salsero, rumbero, etcétera.
El lugar se distinguía porque su entrada era una enorme boca de gato abierta, que exhibía unos colmillos largos y algo retorcidos. Las meseras del lugar eran extremadamente guapas y se caracterizaban por su aspecto felino que seducía a cualquiera.
Otro de los grandes atractivos del mencionado centro nocturno, que por cierto era el punto más comentado entre los asistentes, era que todos los días, sin fallar, aparecía una nueva, hermosa y espectacular cantante. Durante quince años nunca se repitió ninguna cantante.
La decoración del lugar era un homenaje felino. En la totalidad de las paredes estaba mágicamente dibujado un gato único. Ninguno era igual ni semejante. Después se supo, a través de un curioso, que estaban dibujados 5 475 gatos.
Un día, sin razón aparente, el centro nocturno amaneció cerrado. De hecho, una noche antes se habían festejado los 15 años del ya mítico lugar.
Cuando los vecinos del barrio alertados por una profunda peste a animal muerto investigaron de donde provenía tan espantoso olor, dieron con el centro nocturno. Al abrir las puertas que simulaban una enorme boca de gato, en el centro de la pista de baile encontraron a miles de gatos muertos y, justo en medio, a una viejecita muy parecida a doña Catalina.
5 475 sacrificios valen 15 años más de vida bien vivida.